El próximo domingo se celebra el día de la madre. Flores, desayunos en la cama, algún regalito, un dibujo o una manualidad de la clase de plástica del cole…¿Y qué más? ¿Y el lunes?

Desde que era muy joven, cada vez que oía que alguien decía “madre no hay más que una” yo automáticamente respondía “¡Menos mal!”. Y lo decía de corazón, solo pensar en tener más de una madre me parecía terrible. Hace ya unos años, justo los mismos que hace que yo misma soy madre, dejé de utilizar esa respuesta. Ahora creo que ni con dos madres alcanzaría para hacer (bien) todo lo que ello conlleva. La maternidad es algo que nadie se imagina, hasta que se ejerce.

Que nadie me malinterprete. No pretendo hacer una “oda a las madres” en detrimento de las que no los son. No quiero enfrentarlas ni otorgar un plus a las mujeres que son madres frente a las que, por decisión propia o por circunstancias ajenas a su voluntad, no lo son. Muy al contrario, me conmovió profundamente lo que contó María Fernández-Miranda cuando presentó su libro No madres (Editorial Plaza & Janes) así como los testimonios de las mujeres que aparecen en él.

Como todas ellas me niego a considerar la maternidad como algo intrínseco a la mujer, algo a lo que, salvo que un problema físico te lo impida, estás obligada. Me resisto a considerar que una mujer no está completa hasta que es madre, ni que renunciar a tener hijos sea una actitud egoísta, sobre todo, porque conozco muchas personas que tienen hijos con la esperanza de no verse solos al final de su vida… Yo soy madre por voluntad propia, era algo que quería y que decidí ser, pero no creo que esto me convierta en mejor mujer o mejor persona que quien no lo es, por el motivo que sea. Y he sido testigo de preguntas incómodas y de comentarios hirientes, con intención o sin ella. Dicho esto, ahora que tengo hijas, a las que adoro por cierto (de hecho, son las únicas personas por las que daría la vida sin dudarlo ni un segundo), no creo que hubiera sido menos feliz o que mi vida hubiera sido menos plena si no las tuviera. De hecho, estoy segura de que el hecho de ser madre me ha impedido desarrollar muchos aspectos de mi vida y me ha restado libertad e independencia. Son dos modos de vida diferentes. A cada mujer le corresponde decidir cuál es el que ella quiere. Libremente.

La maternidad debe ser una opción y debe respetarse tanto a las mujeres que pudiendo ser madres deciden no serlo, como a aquellas que no pudiendo, deciden actuar para conseguirlo.

Donde yo quería llegar al principio de este post es a decir que la tarea de ser madre, sin compararla, ni valorarla más o menos que otras, es muy dura. Es dificilísima aunque sea algo que tu has elegido (no quiero ni imaginarme cuando no lo es) y a confesar que cuando tomamos la decisión de ser madres, no siempre conocemos todas las consecuencias que trae consigo. Por eso a veces, considero un poco hipócrita ese despliegue (sorteo de la ONCE incluido) para celebrar el día de la madre, cuando los otros 364 días del año estamos tan “solas”.

Hace tiempo leí un post que hablaba de “la moda de desmitificar la maternidad” (de mamás & de papás). En él, Eva Bailén hacía referencia a la imagen dulce y maravillosa de la maternidad que nos transmiten (bebés preciosos y madres felicísimas) cuando todas sabemos que no siempre es así, y a lo poco que nos preparan emocionalmente para esta etapa. Decía textualmente:

“Últimamente, parece que es ya una tendencia el desmitificar la maternidad. Se comenta a menudo lo equivocadas que están muchas mujeres, antes del parto, respecto a lo que supone tener un bebé. Yo no me sentí estafada cuando llegó mi primera hija, al menos no por las mismas razones que he leído o escuchado. Supongo que tener dos sobrinos mayores que mi niña, y unos padres que durante años relataron lo duro que fue criarnos a mí y a mis hermanos, me creó una estampa poco dulcificada de la maternidad. Pero tengo que reconocer que jamás me hice realmente una imagen mental de lo que iba a suceder después del parto.”

Coincido plenamente. Es cierto que hoy en día (bueno me imagino que hoy en día aún más, hace ya 15 años de mi último embarazo…) tenemos miles de datos sobre nuestro embarazo, nos retransmiten día a día como va nuestro bebé: cuanto mide, cuanto pesa, si ya oye, si ya tiene todos sus órganos, hasta vemos su cara con las ecografías 3D y 4D. Pero nadie nos dice, y cuando digo nadie, es nadie: ni nuestras madres, nuestras hermanas, ni nuestras mejores amigas nos dicen lo que de verdad supone la maternidad. Sí nos dicen que vamos a dormir poco y alguna otra cosa evidente, pero no nos avisan de que nuestra vida, tal y como la conocemos, se va a acabar y va a comenzar otra, en la que pasamos de ser las protagonistas, a ser actrices secundarias a las que cada día cambian el guión. ¿Por qué? He llegado a pensar que es un complot o un mecanismo de defensa, para que se perpetúe la especie…Si no, no me lo explico.

Reconozco que yo misma, tuve mi momento de dulcificar la maternidad. Cuando alguna conocida estaba embarazada, tendía a decirle: “ya verás qué bonito cuando nazca…”, “vas a descubrir sentimientos nuevos…”. Ahora ya no. Tampoco me dedico a arruinar la felicidad ajena, por supuesto, pero sí que añado a los comentarios anteriores “va a ser muy duro, eh?”. Porque eso es lo que creo. ¡Que es muy duro! Y lo peor de todo, es que como es algo que afecta a muchas, no lo valoramos ni nosotras mismas. Siempre evitamos verbalizar esa sensación de “estafa” que tenemos. Tememos que si lo decimos en alto van a pensar que no queremos lo suficiente a nuestros hijos o que nos hemos arrepentido de la decisión que tomamos. Y no es así, es simplemente que muchas veces nos vemos superadas por la situación.

No voy a caer en el tópico de que “los hijos vienen sin manual de instrucciones”, eso sería muy fácil. La parte mecánica de la maternidad se aprende, como aprendemos otras cosas. Cambiar pañales, dar el pecho o preparar biberones es más fácil que muchas otras cosas que hemos sido capaces de aprender a lo largo de nuestra vida. Lo difícil es aprender a manejar las situaciones que la maternidad nos provoca. Me refiero a los cambios de rutina, pero sobre todo a las renuncias de todo tipo que supone (profesionales, personales, de pareja…) en una palabra, al cambio de vida y, a los sentimientos que esto conlleva: miedo, frustración, remordimiento, culpa…

Nos han enseñado que la maternidad es lo mejor del mundo y así lo hemos interiorizado, de modo que cuando nos damos cuenta de que en realidad no es así, nos sentimos culpables y creemos que somos malas madres. Afortunadamente, las cosas van cambiando. Ya somos muchas las mujeres que reconocemos que la maternidad no es siempre dulce y rosa, que tiene muchos sabores y muchos colores, y que probablemente no seamos lo que se espera de nosotras como madres, pero en cualquier caso… ¿a quién le corresponde juzgarnos?. Somos tan buenas madres como sabemos y tan buenas personas como podemos, porque una cosa no se entiende sin la otra, por lo menos yo no lo entiendo.

Esas mujeres de las que os hablo, han formado grupos, asociaciones, han escrito blogs y libros y nos han ayudado a sentir que somos como todas, que no solo a nosotras se nos viene el mundo encima, que no solo nosotras no llegamos a todo, que nuestros hijos no están tan bien educados como nos gustaría, ni comen tan equilibrado como deben y que pasan más horas de las recomendadas con sus móviles… y que no pasa nada por eso. Nos han hecho ver que no somos solo madres, que somos y tenemos el derecho a ser mujeres, imperfectas, pero todo lo felices que nos sea posible. Porque…¡la vida es muy corta!. No nos merecemos perder tiempo en lamentaciones.

Hay dos libros que me ayudaron mucho a desdramatizar mi situación como madre imperfecta y a darme cuenta, entre risa y risa, de que al final lo que de verdad importa es hacer las cosas con amor y buena voluntad, el resto, va poco a poco.

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Los libros son Cómo no ser una drama mamá de Amaya Ascunce (Editorial Planeta), un reflejo de “nuestras madres” y Cómo sobreviví a la madre de Pavlito (con uve) de María Frisa (Editorial Espasa), un reflejo de “nosotras como madres”. (Ya veis que lo de los títulos largos no era broma…)

Lo que sí os prometo, es que mis hijas van a estar perfectamente capacitadas para tomar la decisión de ser o no ser madres, van a tener toooodoooos los datos. ¿Sabéis quién se los va a dar?

Por cierto, he de confesar que lo del desayuno en la cama y el regalito… ¡mola!

Hasta ponto,

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3 comentarios en “Madres y no madres

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