Hace algún tiempo que tengo la sensación de que estoy de moda. Me explico. Me he dado cuenta de que cosas que llevo haciendo desde hace años, sin darle mayor importancia y sin pensar ni ser consciente de que otras personas puedan también estar haciendo lo mismo o algo parecido, ahora se han convertido en corrientes o filosofías de vida, se habla continuamente de ello y se escriben artículos e ¡incluso libros!

En un momento concreto de mi vida, no recuerdo exactamente cuándo, me di cuenta de que el tiempo pasaba muy rápido, demasiado rápido. También comprobé que estaba siempre deseando que llegara el fin de semana y cuando por fin llegaba, pasaba casi sin enterarme. Lo mismo ocurría con las vacaciones, todo el año esperándolas y sin apenas darme cuenta se habían acabado. Y así, viendo que si solo disfrutaba dos días de cada siete y un mes de cada doce, estaba desaprovechando una parte importantísima de mi vida, de hecho, casi la mayor parte de ella, decidí que había que disfrutar todos los días.

Si sumamos las ocho horas de trabajo, las ocho que dormimos, más el tiempo que dedicamos a ir de un sitio a otro, compras, limpieza… no queda mucho tiempo para disfrutar, pero aún así, me propuse buscar cada día un ratito para estar tranquila o para hacer algo que me guste. Unos días madrugo un poco más y me tomo un café en mi cafetería favorita antes de ir a trabajar y después voy dando un paseo. Otros días al mediodía, en la hora de la comida, me voy al parque a leer o simplemente a estar un ratito al sol, o aprovecho para echar un vistacito a alguna tienda.

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También me propuse no estar de mal humor mientras realizo las tareas domésticas. Para ello pongo música y aprovecho que no se necesita excesiva concentración, para dedicar ese tiempo a pensar o planificar algunas cosas. Cuando cocino, procuro (no siempre con éxito, lo admito) imitar las escenas que vemos en las pelis en las que los protagonistas son inmensamente felices mientras cocinan y se toman un vinito… Pongo una vajilla bonita y de vez en cuando redecoro rinconcitos, cambiando los adornos, las plantas o las telas, para dar otro aire a la casa y que esté siempre bonita. A veces pienso que igual dedico demasiado tiempo a estas cosas, porque tampoco es que esté todo el día recibiendo visitas, pero he llegado a la conclusión de que lo hago por mí. Me gusta que las cosas estén bien y además me divierte hacerlo, con lo que consigo una doble satisfacción.

Bueno, pues todo esto que os he contado, que seguro que es algo que muchas de vosotras también hacéis, tiene nombre: HYGGE. Una corriente que nos ha llegado desde Dinamarca y que se puede decir que consiste en “buscar la felicidad en las pequeñas cosas”.

Si lo pensáis, es una muy buena idea, porque si basamos nuestra felicidad en cosas inalcanzables o difíciles de conseguir (que nos toque la lotería, poder dejar de trabajar, dar la vuelta al mundo…) nos estamos privando a nosotros mismos de ser felices. Tenemos que convencernos de que la felicidad se tiene a ratitos, y de que hay un montón de cosas sencillas, fáciles y a nuestro alcance que nos hacen disfrutar de la vida.

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Como dicen que los daneses son los más felices del mundo, me picó la curiosidad y compré el libro (HYGGE la felicidad en las pequeñas cosas, escrito por Meik Wiking y publicado por la Editorial Planeta) en busca de más fórmulas para encontrar, como yo los llamo, “ratitos chulos”. Básicamente lo que nos dice es que debemos participar activamente en el proceso, es decir, buscar el momento, decidir si queremos compartirlo con los demás o con nosotros mismos, crear un ambiente propicio para el disfrute, cuidar esas cosas sencillas que nos hacen sentir bien, evitar todo aquello que rompa la armonía, ponerse cómodo, hacer las cosas que nos gusten y sobre todo ser conscientes de la satisfacción que nos producen.

Como veis, ¡nada que muchos no llevemos tiempo haciendo! Pero sí me gustaría resaltar el hecho de hay que procurar ser conscientes, tenemos que decírnoslo a nosotros mismos, para que esos buenos momentos se nos graben y podamos volver a ellos, como cuando miramos un álbum de fotos.

Algo parecido me ha ocurrido con el NESTING (del inglés nest = nido), que no es ni más ni menos que quedarse los fines de semana en casa. Resulta que lo que es mi mayor afición y anhelo, ahora además, es estupendo para reducir la ansiedad y para estimular el cerebro. ¡Vaya suerte!

Nunca he sido de esas personas que están deseando que llegue el fin de semana para marcharse de viaje o cuya mayor afición es estar fuera de casa todo el tiempo posible (sobre todo por la noche…).  Por eso me cuesta mucho entender por qué cuando los lunes te preguntan qué has hecho el fin de semana y  les contestas que te has quedado en casa tranquila te miran con “esa” mezcla de asombro y lástima. ¡Es que a mí me encanta estar en casa! No todo el tiempo, por supuesto, pero me gusta disfrutar de lo que me ofrece mi casa: tranquilidad, confort, descanso, lectura, escritura, manualidades… No sé si será porque paso diariamente doce horas fuera, pero el tiempo que estoy en casa me sabe a poco. Y no os voy a negar que me encanta tomarme un café o un vinito por ahí, pero esas tardes de domingo (sobre todo en invierno), en casa, haciendo ese millón de cosas que no puedo hacer durante la semana ¡me saben a gloria! Y parece que no soy la única, porque han llegado a poner nombre a esta afición, un nombre bastante chic, por cierto. Antes éramos unas “moñas” ahora, practicamos el nesting.

Hasta ponto,

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