¡Y así nos dan la primera satisfacción! A muchas os sonará esta frase que cantaba Serrat allá por 1981 y que se hizo muy conocida por su estribillo. Se titula “Esos locos bajitos” y define muy bien mi sentir respecto a los hijos.

(La canción empieza en el segundo 50)

Cuando se publicó esta canción yo no tenía hijos, ni siquiera sabía si iba a tenerlos, en aquel entonces yo era “hija”, sin embargo no se por qué, es una canción que se me quedó grabada y vuelve a mi cabeza cada vez que tengo cerca un niño jugando a la pelota.

Pero más allá del estribillo, la letra hace referencia a dos aspectos de la educación de nuestros hijos, que lejos de cambiar, permanecen a través de las generaciones. Me refiero a nuestra obsesión con que sean “mejores” que nosotros y a la tendencia a la sobreprotección.

Dice Serrat en un momento de la canción: “Nos empeñamos en dirigir sus vidas, sin saber el oficio y sin vocación, les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”.

Casi cuarenta años después, seguimos igual. ¿Quién de nosotras no ha deseado o aspirado a que nuestros hijos nos superen? Que estudien más, que tengan más títulos, que sepan más idiomas, que tengan mejor trabajo que el nuestro… ¿Cuántas veces esto es solo una manera de superar nuestras propias frustraciones? Los que no pudieron ir a la Universidad tratarán por todos los medios de que sus hijos vayan, los que vieron frenada su promoción por no dominar un idioma, matricularán a sus hijos en la escuela de idiomas en cuanto sea posible, los que no viajaron al extranjero hasta la edad adulta, rápidamente les prepararán la maleta…

Nos cuesta aceptar que no nos pertenecen. Les hemos dado la vida, sí, no se la hemos prestado. Es suya, a ellos les corresponde dirigirla y a nosotras nos toca facilitarles las herramientas necesarias para que puedan hacerlo. En mi opinión, muchas veces nos equivocamos de herramientas, no son cosas lo que necesitan, son capacidades o habilidades emocionales. Creo que tenemos que enseñarles a ser libres, independientes, seguros y decididos, porque esa es la manera de enfrentarse a la vida y de ser capaces de disfrutarla. Porque si no dejamos que elijan, no van a saber lo que realmente quieren y no van a sentirse libres, si nos les dejamos decidir, no van a aprender a tomar decisiones y eso les hace dependientes. Son habilidades que necesitan aprendizaje y que cuesta años adquirirlas. Sus primeras decisiones deben ser poco importantes, casi intrascendentes y poco a poco ir tomando decisiones de más entidad para así ganar seguridad en si mismos. Nosotras tenemos que acompañarlos en ese proceso. Esa es muestra tarea, la más difícil sí, pero también la más gratificante

Nos dice la canción en otro momento: “Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día, nos digan adiós.”  

¿Habéis contado las veces que os habéis equivocado a lo largo de vuestra vida? Muchas a que sí. Y no siempre en la infancia, ni en la adolescencia, muchas veces también siendo adultas. Y con cada equivocación hemos aprendido algo, no siempre algo bueno, pero siempre algo válido para nuestra evolución como personas. ¿Por qué tenemos entonces ese “pavor” a que se equivoquen nuestros hijos? ¿Por qué nos empeñamos en evitarles a toda costa la frustración? Veo por la calle niños muy pequeños que montan en cólera en cuanto oyen la palabra “no”: no más chuches o no vamos al parque o no te dejo el móvil porque me lo puedes romper. ¿Por qué les privamos de este aprendizaje?

Nuestros hijos también se van a equivocar, se van a caer y se van a frustrar tantas veces como nosotros. Lo queramos o no. Entonces, ¿por qué en vez de intentar evitar lo inevitable, no intentamos que aprendan de las equivocaciones, que puedan levantarse cuando se caigan y que sepan asumir las frustraciones?

Yo sabía que mis hijas iban a pasar por esto y opté por procurar estar cerca de ellas en esos momentos y preferí que las primeras veces que se “cayeran” yo estuviera a su lado para ayudarlas a levantarse y que así fueran aprendiendo de sus equivocaciones y las siguientes caídas las pillaran más preparadas. No por ello me he dedicado a ponerles la zancadilla, pero sí que he dejado que tengan esos tropezones que yo veía venir pero que consideraba que iban a serles útiles en el futuro y las he animado a que vayan tomando sus decisiones, a su nivel, en temas que creía que podían hacerlo. También les he dicho que no, seguro que no todas las veces que hubiese debido, pero sí muchas más de las que me hubiese gustado. Siempre he procurado razonar, pero también he dicho ¡no, porque no! cuando lo he visto necesario.

Que yo sepa, ninguna de las dos me odia, y tampoco han necesitado tratamiento psicológico. Años después, cuando una de ellas ha crecido y me ha dicho adiós, he sentido esa tranquilidad de saber que está preparada para levantarse sola.

Hasta pronto.

winter-of-67-signature

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s