Hay un dicho en euskera que traducido al castellano viene a decir que “la camisa blanca y la buena educación siempre están de moda” y no puedo estar más de acuerdo. Algún día hablaremos de la camisa blanca (nunca tengo suficientes…) pero hoy me apetece hablar de la buena educación.

No hay nada más agradable y de buen gusto que una persona bien educada. No me refiero a sus conocimientos, que también, sino a los buenos modales, a las buenas maneras. Curiosamente no siempre están relacionados, no es extraño ver personas sin apenas formación académica que tienen muy buenos modales y también lo contrario, titulados universitarios terriblemente mal educados.

Se me ocurrió escribir este post al ver las fotos de un viaje que hice hace muchos años. En el grupo que se formó, había una pareja entre cuyos miembros había mucha diferencia de edad. Ella, una chica encantadora, participaba en todas las actividades, él sin embargo, no estaba tan presente porque solía quedarse cuidando de una niña. Esta situación, no sé por qué, despertó la curiosidad de una parte del grupo y empezaron a hacerle preguntas. En una ocasión, ante una pregunta muy impertinente, la chica sin perder la sonrisa y sin cambiar su tono de voz, le dijo: “me vas a dar por favor tu dirección, para mandarte un ejemplar de mis memorias tan pronto como las publique”. Me quedé impresionada ante una respuesta tan educada, tan poco agresiva y ¡tan efectiva! porque como os imaginaréis, en ese momento terminaron las preguntas. Me llamó la atención que una chica tan joven, tuviera tan buenos modales.

En aquella época yo era tan joven como ella y su ejemplo me sirvió para apreciar el saber estar hasta en los momentos desagradables y reconozco que alguna vez he utilizado esa misma respuesta y ha resultado igual de efectiva. Mucho más que un “¿ y a ti qué narices te importa?”. De hecho siempre he creído que las malas maneras, en multitud de ocasiones, te quitan la razón. Chillar más que el otro no significa que tu postura sea la correcta y muchas veces una disculpa o reconocer un error, resulta muy beneficioso para nuestros intereses.

Dentro de los buenos modales incluyo también cosas tan básicas para mí como: no chillar, no poner los pies en los asientos, tirar las cosas a la papelera, dirigirse a las personas con respeto, guardar las distancias con las personas que conocemos poco, saber estar en la mesa…

Me suele asombrar ver chicos y chicas muy jóvenes que no saben comer: se meten el cuchillo en la boca, manchan los vasos al beber, no distinguen los cubiertos… y ver de qué manera se dirigen a los camareros, a los dependientes, a los profesores…

¿Qué parte de todo esto es culpa nuestra? Mis padres no han podido transmitirme conocimientos culturales, no tuvieron la oportunidad de estudiar todo lo que les hubiera gustado, eran otros tiempos, pero sí que se esforzaron muchísimo en enseñarnos buenos modales. Nunca en toda mi vida he insultado a mis padres (ni siquiera de adulta) ni me he dirigido a ellos de forma inapropiada. Me enseñaron que hay que tratar a los demás con respeto, que hay escuchar y mirar a la cara cuando te hablen, que no hay que hacer preguntas impertinentes, que hay que pedir permiso y dar las gracias y que hay que saludar, siempre, también a las personas que no te devuelven el saludo, que ellos sean unos maleducados no significa que tú debas serlo.

Eso aprendí y eso he enseñado. Soy cosas básicas y sencillas de aprender, no tanto de enseñar, principalmente porque necesitan tiempo -hay que decir las cosas una y mil veces, no cansarse de repetirlo, corregir, insistir-  y paciencia, justo las dos cosas más escasas hoy en día. Muchas veces te sientes una loca que sigue ahí insistiendo en que no use el dedo para empujar la comida, o que se acerque a ti para decirte algo en vez de chillar desde el otro lado de la casa. Otras veces tienes que aguantar que tus hijos te miren extrañados cuando les dices que no eres una madre más guay si les dejas poner los pies en el sofá o que nos les estás haciendo ningún favor si les dejas irse a dormir sin lavarse los dientes.

Nos ha pasado a todas, pero he de animaros a seguir, porque el esfuerzo al final tiene su recompensa. Abundando en este convencimiento, el otro día vi un vídeo de Lyn Slater (del Blog Accidental Icon) que venía a ratificar esa idea. En él contaba que de pequeña su abuela la llevaba a tomar el té y le enseñaba buenos modales y que ahora es ella la que lleva a su nieta a tomar un café latte y le enseña modales. Dice que su nieta no le hace ni caso, pero que ella no se preocupa porque de pequeña tampoco ella le hacía caso a su abuela.

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Como ya sabéis, siempre tengo algún libro que se refiere a los temas que me interesan o sobre los que escribo. Esta vez os traigo un libro que se titula Usted primero, está escrito por Marta Robles y Carmen Posadas y publicado por Espasa. Se trata de un manual de buenas maneras actual, en el que nos enseñan las normas que ellas consideran necesarias para saber estar y actuar con naturalidad en diferentes situaciones y ámbitos de la vida. En el prólogo las autoras cuentan que la esencia de la elegancia reside sobre todo en “hablar siempre sin hacer daño a los demás” y al escribir esto, viene a mi memoria la respuesta que dio María Dueñas cuando le preguntaron cuál cree que es la virtud más sobrevalorada: “la sinceridad sin filtro”, dijo. Coincido absolutamente.

A propósito de María Dueñas, acabo de empezar a leer su última novela Las hijas del capitán, ya os contaré, pero ahora quiero recomendaros los artículos que escribe cada mes en la revista ELLE, son una delicia.

Hasta pronto.

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