Llevo años dando vueltas al tema de la vida que nos ha tocado vivir. Una vida en una sociedad que va demasiado deprisa y que nos obliga a hacer las cosas muy rápido. Una vida que, sobre todo a las mujeres, nos exige demasiadas cosas. Parece que en eso consiste la vida, en hacer muchas cosas, muy deprisa y además, hacerlas bien. Es cosa mía, ¿o también a vosotras os parece que esto es imposible?

Tenemos que tener en cuenta que algunas de las “cosas” que tenemos que hacer son de gran importancia. Estamos educando personas, estamos formando y transmitiendo valores a quienes van a dirigir el mundo en el futuro. ¡Casi nada! Visto así, asusta ¿verdad? Si tenemos en cuenta además que debemos compatibilizarlo con una brillante carrera profesional (en el caso de las mujeres para no ser objeto de determinados juicios…) ¡Todavía asusta más!

Se habla mucho de la conciliación de la vida familiar y laboral. Discrepo hasta con la denominación. VIDA solo hay una, aunque nos gustaría tener más, solo tenemos una y además, no siempre tan larga como quisiéramos. Así que hablar de vida laboral y vida familiar como si fueran compartimentos estanco o como si se pudiera dar al off en una de ellas para seguir con la otra, es algo que no comparto en absoluto.

Incluso el propio término conciliación, si nos atenemos al significado del verbo conciliar (hacer compatibles dos cosas opuestas entre sí) estamos asumiendo desde el principio que hay un conflicto, y de hecho ¿no es así?

Que levante la mano quien no se haya sentido frustrada o quien no haya creído que no está haciendo bien las cosas o que debería dedicar más tiempo a alguna tarea o que hay muchas de ellas que ni siquiera ha podido hacer. Y que levante la mano quien haya tenido que priorizar (por motivos obvios) las tareas profesionales frente a las personales. Yo la he levantado las dos veces. Y también la levantaría si preguntaran quién se ha sentido culpable por ello y si preguntaran quién está cansada de ello.

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Quiero dejar claro que no estoy planteando esta reflexión como una cuestión de hombres o mujeres, es un problema de personas. No me sirve el discurso de que los niños también tienen padres, porque tampoco estoy hablando solo de hijos, hablo también de ancianos, de enfermos y de nosotras mismas. No nos limitemos, la vida familiar va más allá de tener o no tener hijos.

Unos hijos que, por cierto, están creciendo, en muchos casos, sin los apoyos humanos necesarios y sin los ejemplos requeridos para interiorizar la importancia que tiene, la familia, el apoyo, la compañía, la ayuda, el amor… Niños que, desde muy pequeños tienen llaves de casa, que meriendan solos y que van solos a las extraescolares, salvo que tengan unos abuelos que estén en condiciones de asumir esa responsabilidad.. Hijos que pasan seis horas al días con sus profesores, una con los cuidadores del autobús, tres horas a la semana con sus entrenadores o monitores, alguna con sus abuelos y muy pocas con sus padres. Niños que están de campamento, en talleres, en colonias, que se van a EEUU o donde sea que los tengan un mes mientras sus padres trabajan.

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Y ahora es cuando me cuentan lo del “tiempo de calidad” y a mí me suena a querernos convencer a nosotros mismos. Cuando te vas a trabajar y dejas a tu hija sola en la cama con fiebre, no te consuela pensar que luego le vas a dedicar tiempo de calidad. Ella te necesita todo el tiempo, y tú lo sabes y por eso tienes ganas de llorar (y lloras) y por eso piensas que qué porquería de sociedad y de mundo estamos construyendo y te preguntas qué va a aprender esta niña, qué valores va a interiorizar si tú le explicas que ya sabes que está enferma pero que te tienes que ir a trabajar y que esté tranquilita porque no le va a pasar nada.

Y unos abuelos que no siempre pueden, pero que “deben” asumir esa responsabilidad. Personas mayores que empujan carritos de bebé y que pasan las tardes en los parques infantiles cuando su edad o su salud les pide pasarlas en sus casas. Y otros ancianos que van solos al médico o están solos en los hospitales porque nadie puede acompañarlos.

Hablo de todo eso, y me resultaría igual de preocupante si fuera un hombre, porque el mundo es de todos y no me gusta lo que entre todos estamos haciendo. Lo siento.

Considero que la vida tiene que ser otra cosa y tiene que ser flexible y tiene que poder adaptarse a las situaciones de cada persona y modificarse a lo largo de la vida. Y esto no tiene que suponer renunciar al trabajo, es necesario un replanteamiento. Hay que cambiar la organización del trabajo, ésta no ha variado desde que la sociedad estaba estructurada de otra manera, desde cuando un miembro de la pareja cubría la faceta familiar y el otro la laboral. Ahora ya no es así, ahora ambos miembros quieren disfrutar de las dos facetas. Pidamos que esto sea así, jornadas más cortas y mas flexibles, permisos para necesidades familiares. Si se quiere, se puede.

En mi opinión, no debemos ser tan esclavos del trabajo, éste no tiene que ser la prioridad de las personas, debe ser una faceta totalmente compatible con el resto de las facetas de la vida, la de madre o padre, la de hija, la de amiga… en una palabra, la de persona. Y si alguna persona, hombre o mujer, decide sacrificar alguna de esas facetas… ¡perfecto! quienes somos nosotros para juzgar, pero que sea porque así lo decide, no porque nada ni nadie se lo imponga.

Hasta pronto.

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