No me gusta molestar, bien lo saben los que me conocen. Me esfuerzo en no molestar y procuro que no moleste quien está bajo mi responsabilidad, “pon la tele mas baja, que molesta”, “no arrastres la silla, que molesta”, “no chilles, que molesta”, “no corras, porque puedes hacer caer a alguien”… así me he pasado muchos años de mi vida, tengo testigos.

Tampoco me gusta ofender, procuro que mis opiniones sean siempre un punto de vista personal, no me gusta generalizar, ni decir qué es lo mejor o lo peor, creo que soy una persona empática, por naturaleza y porque lo he trabajado mucho. Por eso, me resulta terrible que a pesar de esforzarme tanto, haya personas a las que pueda molestar o puedan sentirse ofendidas, muchas veces solo por la forma en la que te refieres a ellas.

Asimilo rápido, dejé de usar la palabra ciego cuando una persona me recordó amablemente que no era ciega, sino invidente. Aprendido. He ido utilizando los términos que en cada momento (porque ha habido un gran avance) para las personas, primero minusválidas, después discapacitadas y ahora con diversidad funcional. Lo hago porque creo que si estos colectivos lo piden es porque existe una razón para ello. No soy yo quien para cuestionar los sentimientos o las percepciones de nadie.

Ahora bien, estoy segura que quien por el motivo que sea, casi siempre desconocimiento, utilizan otros términos, no lo hacen con la intención de molestar. Las personas de más edad, hablan del “aparcamiento de minusválidos” sin la menor maldad y sin sentir que esas personas son menos válidas. Nada más lejos de sus sentimientos, simplemente se quedaron en ese término, no saben que ahora hay otros.

Lo mismo me ocurre con otros colectivos. No soy prejuiciosa, jamás he juzgado a nadie, por ningún motivo. No me supone ningún problema ni interfiere en mi relación con los demás las ideas de ningún tipo, puedo compartirlas o no, pero siempre voy a respetarlas. Vengo a comentar esto porque en estos días en los que se ha hablado tanto del colectivo LGBTIQ ha habido momentos en los que he tenido la sensación extraña.

Conozco personas con distintas opciones sexuales, compañeros y compañeras del colegio, de la Universidad, del trabajo… Jamás he tenido la necesidad de comportarme de distinta manera con unos que con otros, he sido igual de respetuosa con su intimidad, con sus actitudes, sus gustos o sus decisiones. Si alguien me preguntara por ello, me describiría como 100% tolerante, esa es al menos mi percepción.

A pesar de esto, he leído artículos sobre la discriminación que me han desasosegado totalmente. Un artículo titulado “25 frases aparentemente inofensivas que la comunidad LGTB sigue oyendo a diario” me dejó bastante descolocada. Mencionan en él una serie de frases, preguntas o afirmaciones que a pesar de pretender ser positivas, en el fondo resultan todo lo contrario. El propio artículo reconoce que no hay en ellas intención de hacer daño ni de discriminar, pero nos hacen saber que tienen en su base mucho desconocimiento y prejuicio.

Pienso yo que las frases a las que se refieren en el artículo tienen más que ver con la mala educación que con cualquier otra cosa. Hay determinadas preguntas que no deben hacerse a ninguna persona, porque forman parte de su esfera personal y de su intimidad. Sí es cierto que hay mucho desconocimiento, me incluyo en ese grupo, se avanza a una velocidad que no siempre posibilita estar al día, ni asimilar la cantidad de información y términos que continuamente aparecen en los medios, pero discrepo en que sea por prejuicio.

Hay un refrán que dice que “no hay nada mal dicho si no es malinterpretado”. Salvando muchísimo las distancias, y sin querer frivolizar en absoluto, sí que creo que hay que saber diferenciar la persona que quiere ofender o discriminar, de aquella que a pesar de su disposición y de su mejor voluntad, utiliza un término incorrecto o hace una pregunta desafortunada, incluso indiscreta. Muchas veces solo queremos hacerles saber que estamos de su lado, que no nos tienen en contra, y que en la medida de nuestras posibilidades pueden contar con nosotros.

Todos podemos sentirnos ofendidos por las opiniones o las preguntas de los demás, sin pertenecer a un colectivo determinado. Conozco una persona que cuando preguntaba a alguien si tenía fuego, se enfadaba si le respondían “no, no fumo”, decía que no les había preguntado eso, que bastaba con decir “no”, otra se enfadaba si le decían que “solo tenía una hija”, ella contestaba “solo una no, una” y así cantidad de ejemplos. No siempre es problema de querer ofender, a veces es problema de querer sentirse ofendido.

Desde aquí, quiero pedir un poco de comprensión y de paciencia, muchos nos estamos esforzando, no nos recordéis todo el tiempo lo mal que lo hacemos… y también quiero pedir disculpas, a aquellos que a pesar de mis esfuerzos, podáis sentiros ofendidos. Seguiré esforzándome.

Hasta pronto,

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