Estoy de vacaciones. ¡Por fin! Un mes entero para mí, para descansar y para hacer ese montón de cosas que me encantan y que durante el resto del año no puedo hacer, principalmente por falta de tiempo. Y ahí es donde se me plantea el problema… Sí, sí, habéis leído bien, problema. Porque me resulta muy difícil descansar y a la vez hacer muchas cosas, y aunque a priori un mes parece tiempo suficiente para todo, la realidad es testaruda, y me demuestra todos los años que no. Que o descanso o hago cosas, que tengo que elegir.

Así que este año me he propuesto descansar. He priorizado mi bienestar físico (que también supone un bienestar emocional, claro) y he dedicado la mitad del espacio de mi maleta a libros, revistas, cuadernos y bolis. La tumbona y la sombrilla espero encontrarla en mi destino.

Aspiro a poder leer parte de lo que he ido acumulando durante este invierno, todo ya se que va a ser imposible, y plasmar en un papel, o en varios, las ideas que me vayan surgiendo, bien a partir de cosas que lea o bien de cosas que vea, porque la observación en mi caso, también es una fuente de inspiración.

Y observando, tanto en directo como en prensa o en redes sociales, me ha surgido una duda, curiosidad o no sé como llamarlo… y es la moda de los flotadores gigantes. Hace unos años que se pusieron de moda, cada año van cambiando: donuts, flamencos, cactus, cisnes, unicornios…pero siempre con un denominador común, ¡son enormes!

Si echas un vistazo a Instagram, está repleto de fotos de personas conocidas y no tan conocidas, flotando en piscinas sobre estos objetos y si te fijas en tiendas, bazares y puestos callejeros, nos ofrecen cientos de ellos, la mayoría de las veces a unos precios muy asequibles, lo que fomenta su proliferación.

No voy a ser yo la que tire la primera piedra, porque he de confesar que yo tampoco estoy libre de pecado, reconozco que mecerte en el mar (sobretodo si es en el Mediterráneo) tumbada en una colchoneta es un placer difícilmente superable, pero si que quisiera que pusiéramos nuestra atención en la enorme cantidad de plástico que usamos de la manera más inconsciente y muchas veces irresponsable. Digo esto porque después, cuando se acaban las vacaciones, la gran mayoría de esos flotadores terminan abandonados en una papelera en la misma playa, con suerte se lo regalamos a algún turista y así “eludimos” la responsabilidad de deshacernos de ellos.

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Lo mismo ocurre con los juguetes de los niños: cubos, palas y rastrillos que no caben en la maleta y compramos en nuestro destino y dejamos allí cuando nos vamos. Total por lo que nos ha costado….

Y digo yo, ahora que, aparentemente al menos, estamos todos tan concienciados con la preservación del medio ambiente, que celebramos el día del planeta, del agua, de los océanos… Ahora que los hoteles se desviven por ofrecer a sus clientes todo tipo de servicios y se etiquetan como eco-friendly… ¿No podrían prestar a sus clientes este tipo de objetos, igual que prestan las toallas para la piscina y de esa manera intentar reducir, un poco al menos, el impacto ambiental que provocan estos humildes placeres?

Igual es una locura, y probablemente este sea la menor de las preocupaciones de muchas personas, pero se me hace extraño que estemos evitando las bolsas del supermercado y luego desechemos de cualquier manera metros y metros cuadrados de plástico del super-super resistente. ¿No os parece?

Hasta pronto,

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