Comienza un nuevo curso e inevitablemente, surgen siempre las mismas conversaciones sobre nuestros hijos, los estudios y su futuro. Me contaba el otro día mi peluquera que en una de esas charlas, le habían comentado que igual su hija cuando creciera decidía ser peluquera como ella. Por el tono que empleó al contármelo deduje que no le había gustado mucho el comentario. Me explicaba que a ella no le importaría en absoluto que su hija fuera peluquera o cualquier otra cosa que le guste en el futuro. Que no se consideraba mejor o peor persona por su profesión, y que creía que poder dedicarse a lo que le gusta es algo que también debe valorarse, tanto o más que otras muchas cosas que son más apreciadas.

Es curioso que, a pesar de que pasan los años y de que nos consideramos cada vez más libres de prejuicios, este tipo de conversaciones, lejos de desaparecer, siguen estando muy presentes, y es más curioso todavía, el cambio de actitud que se produce con el paso de los años. Cuando los niños son pequeños, todos somos muy openminded y nos da igual lo que vayan a estudiar incluso, si van a estudiar o no, nos mostramos muy despreocupados y todos queremos, sobre todo, que sean felices. Sin embargo, cuando crecen y nos comunican su decisión… la cosa cambia.

Me llama la atención la cantidad de prejuicios que seguimos teniendo con respecto a las profesiones. Seguimos considerando que la profesión nos define, seguimos pensando que hay profesiones para listos y para menos listos, profesiones distinguidas y profesiones vulgares, para ricos y para pobres y siempre queremos que nuestros hijos estudien una “buena carrera”, porque creemos que les va a garantizar un “buen trabajo”, que generalmente consideramos que es aquel que tiene un “buen salario”. De esa manera creemos que van a tener una “buena vida”. De sobra sabemos que eso no es así, y ahora más que nunca, lo estamos comprobando.

En primer lugar, debemos quitarnos de la cabeza la tendencia que tenemos a asociar el nivel cultural de las personas con el nivel de estudios que hayan cursado. Sabemos que no siempre es así. Todos hemos tenido en alguna ocasión la posibilidad de leer informes médicos o jurídicos y de escuchar a profesionales en los medios de comunicación que tienen una gramática manifiestamente mejorable, unas faltas ortográficas espantosas y unos conocimientos muy limitados, normalmente ceñidos únicamente a su ámbito. Y también en cantidad de ocasiones hemos visto y oído a personas con mucha sabiduría que no han pisado una Universidad. Quien tenga curiosidad y ganas de aprender lo va a hacer de una manera u otra, en un momento o en otro.

En segundo lugar, debemos asumir e incluso celebrar, que todas las profesiones son necesarias, no se entendería el mundo sin ninguna de ellas. Si me pongo de ejemplo, en mi día a día, me rodean más personas no universitarias, que universitarias. Y personalmente, me hace muy feliz el rato que paso charlando con mi peluquera (mi pelo no sería el mismo sin su destreza), me gusta que las calles estén limpias y que el dependiente de la librería me aconseje un libro. Necesito que me reparen el coche cuando se me estropea y probablemente dentro de unos años (muchos, espero) alguien se encargará de cuidarme y yo estaré muy agradecida porque decidió dedicarse a cuidar de los demás.

Creo que es hora de que dejemos de dividir el mundo nosotros mismos. Que nos valoremos como personas, más que como profesionales. Este tipo de actitudes, de distinciones, no ayudan a que la sociedad mejore. Dejemos que los jóvenes elijan lo que les guste, unos querrán ser ingenieros y tendrán la capacidad para conseguirlo, otros se quedarán en el camino, pero lo habrán intentado y buscarán otra alternativa. Otros, saben desde hace mucho que no les gusta estudiar y que su felicidad está en otra parte. Son jóvenes, que elijan y sigan su camino, que se formen en lo que les guste con ilusión y entusiasmo, y si las cosas no salen como esperan, tiempo tendrán después de dedicarse a lo que puedan, como han hecho tantos antes y como harán otros tantos después… pero no les quitemos las ganas de intentarlo en aras a “asegurarse” el futuro.

Todos sabemos que un buen trabajo no es sólo el que tiene un gran salario, un buen trabajo es el que te hace feliz, el que te permite desarrollar tus capacidades o tu vocación, sea la que sea. Muchas veces no son trabajos bien remunerados, pero el dinero no puede comprarlo todo, otras veces no tendrán todo el reconocimiento que se merecen, pero en nuestras manos está que eso cambie, empezando por nosotros mismos. Un tercio de nuestra vida lo vamos a pasar en el trabajo, merece la pena intentar que sea el que queremos. Al menos, eso creo.

Hasta pronto,

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