Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me asomé por aquí, y… ¡cuánto lo he echado de menos! Muchas y variadas han sido las causas que han provocado esta ausencia, afortunadamente ninguna grave, pero todas, de una manera o de otra, me han ocupado el escaso tiempo libre de que dispongo y me han quitado la calma que requiero para poder escribir.

Solucionado todo, por lo menos de momento, retomo mi actividad, con la misma ilusión que el primer día.

Para este nuevo post, he recurrido al título de uno de mis libros favoritos: “Las cosas que no nos dijimos” de Marc Levy. Es una historia, con un punto de fantasía, como casi todas las que escribe este autor, pero llena de amor y de ternura, ambas cosas muy necesarias en estos tiempos.

Me vino a la cabeza esta frase cuando empecé a escribir y me di cuenta de todas las cosas que habían pasado durante este tiempo y que no había podido compartir con vosotras. Cosas como la Navidad, por ejemplo, no he tenido ocasión de hablar de ella, ¡con lo que a mí me gusta la Navidad!

No siempre ha sido así, lo reconozco, pero hoy en día, es la época del año que más me gusta y probablemente la que más disfruto.

Casi todo el mundo tiene una relación cambiante con la Navidad, todos sufrimos una evolución que partiendo de la ilusión desbordante de la infancia, pasa por la indiferencia en la adolescencia, por la vuelta a la ilusión cuando hay niños alrededor y termina, de nuevo con la indiferencia e incluso con el rechazo cuando nos hacemos mayores y la familia se va disgregando o van faltando seres queridos.

Yo he pasado por las tres primeras fases, pero… ahí me he quedado. Me reenganché cuando nació mi primera hija y ahí sigo. Han pasado los años (¡muuuuchos años, por cierto!) y continuo encantada con la Navidad y feliz todos los Diciembres.

Muchas veces me he preguntado por qué y he llegado a la conclusión de que es porque durante ese periodo del año se hacen dos de las cosas que más me gustan: decorar y regalar.

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Me vuelvo loca (¡literal y metafóricamente!), ya desde Noviembre empiezo a pensar cómo voy a decorar el árbol y qué “aire” le voy a dar a la casa, y a partir de ahí pienso cómo poner la mesa para las cenas, qué detalle voy a tener con los invitados o lo que voy a llevar cuando yo sea la invitada. Después de esto empiezo a recorrerme todas las tiendas, puestos y bazares que conozco en busca de adornos y materiales para hacer los adornos o los detallitos para poner en la mesa…

Me encanta todo el proceso: pensarlo, hacerlo, entregarlo. Me entretiene y me ayuda a poder dar rienda suelta a la creatividad de una forma en la que no puedo hacerlo en mi día a día.

Se que hay muchos detractores de la Navidad, critican el consumismo, el derroche… No les falta razón, se cometen muchos excesos en esa época del año, pero también es cierto que nadie nos obliga a ello. Puede hacerse todo con mesura, echando mano de la imaginación y centrándonos en el lado humano y afectivo.

Yo dedico mucho más tiempo que dinero, procuro que las cosas tengan más valor sentimental que económico. No hace falta gastar mucho para hacer un regalo, pero sí hace falta pensar. No necesito ni muchas cosas, ni cosas caras para que mi Navidad sea feliz, yo baso mi felicidad y mi disfrute en pequeñas cosas, buena compañía, muchas risas, detalles …y bueno, también bastante chocolate. ¡Lo confieso!

De todo esto me hubiera gustado hablaros y enseñaros fotos… Lo dejo para la próxima Navidad.

Otra cosa que tampoco hemos podido comentar es el inicio de 2019: Año nuevo …. ¿vida nueva?

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Cada comienzo de año nos enfrentamos a la misma cuestión: los propósitos para el nuevo año. Y cada año que pasa estos propósitos parecen complicarse más y sofisticarse más, hasta el punto de que como se cumplan la mitad de los propósitos que se oyen y leen por ahí, en breve el mundo entero va a ser como Bután.

Cuando hago estas reflexiones me siento un poco como el “abuelo cebolleta”, pero es que hasta hace relativamente poco tiempo, los propósitos para el nuevo año eran cosas como dejar de fumar, ir al gimnasio, perder x kilos… cosas “normales” y que podían ser conseguidas con voluntad y con más o menos esfuerzo. Pero ahora los propósitos son frenar el calentamiento global, vivir en una sociedad igualitaria, cambios, oportunidades, empatía, sororidad, solidaridad, seguir consiguiendo objetivos, aprender, crecer…. ¡Puff!

No sé vosotras, pero yo, hace años que he dejado de pensar propósitos. Recuerdo un año que me compré una libreta preciosa de Jordi Labanda, en la que pretendía hacer una especie de agenda-diario, en la que apuntar las cosas que iba haciendo, pegando recortes de cosas que me interesaran… etc. una especie de bullet journal (¡una pionera, vamos!). En la primera hoja hice una lista de propósitos para ese año, toda mona con dibujitos, pegué una dieta saludable, una serie de hábitos recomendables… No me acuerdo de qué cosas apunté concretamente, pero sí me acuerdo de que no las cumplí y de que tampoco conseguí completar la libreta, de hecho estuvo durante muchos años con esa hoja chula como únicas anotaciones.

Desde entonces, mi único propósito es el que ya os he contado tantas veces: vivir lo más feliz posible, con más tiempo para mí y para los míos, quitándome obligaciones autoimpuestas y obligándome a ser feliz, aunque a veces haya que trabajarlo.

No pretendo dar la vuelta al mundo, ni siquiera dar la vuelta a mi mundo. Me conformo con no rendirme y conseguir poco a poco invertir el reparto de mi tiempo entre la “obligación” y la “devoción”.

De estas cosas también me hubiera gustado hablaros…

Tampoco os he dicho que he reformado mi casa. Si no fuera por mi tendencia al optimismo, hubiera escrito “he sufrido la reforma de mi casa”, pero una vez acabada, se olvidan los malos momentos y queda solo el resultado y… ¡siempre merece la pena! Pero bueno, de esto ya tendremos tiempo de hablar.

Hasta pronto,

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Un comentario en “Las cosas que no nos dijimos…

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