Acabo de cumplir años, 52 y todavía hoy, el día de mi cumpleaños es mi día favorito del año. ¡Sin duda! Y espero que eso no cambie.

Es simplemente “mi día” y me lo dedico a mí desde la mañana hasta la noche y cuando se acaba, me da mucha pena, lo confieso. Suelo coger fiesta en el trabajo y lo paso tranquila y la mayor parte del tiempo sola. Desayuno sin prisa, contesto las llamadas de los amigos y familiares pudiendo dedicarles el tiempo que se merecen, contesto los whatsapps llenos de tartitas que me mandan, visito a mis padres, me compro un regalo a mí misma (¡siempre acierto!), entro en una o varias librerías y, ya por la noche, lo celebro con mi familia más cercana. El resto de celebraciones se dejan para el fin de semana. Este año ha sido sábado, así que se ha concentrado todo.

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Nada especial, ya veis, pero es un día que disfruto al 100%. También es un día en el que, si me pongo digna, diría que reflexiono mucho, pero si soy más sincera, he de decir que le doy muchas “vueltas al coco”.

¡Qué rápido pasa el tiempo! Llega un momento que asusta. No se si a vosotras os pasará lo mismo. Me parece que fue ayer cuando cumplí 25 y bromeaba con que ya había pasado el 25% de mi vida, siguiendo con la broma, ahora ya habría pasado el 52%… ¡¿?!

Leí hace tiempo un artículo de Adriana Ugarte en la revista In Style que se titulaba “¿De qué va la vida?”. Me llamó la atención por su tono sereno y por unas cuantas reflexiones y afirmaciones con las que coincido, así que lo guardé y ahora lo comparto con vosotras. A ver que os parece.

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También tenemos muchas razones para el optimismo: “Pero si estás estupenda”, te animan. “Los 50 son los nuevos 40”, nos dicen. “Nuestra vida no tiene nada que ver con la de nuestros padres”, nos cuentan. “Compárate con tu ama cuando tenía tu edad”, te proponen. Y tú asientes e intentas convencerte de todo eso. Yo he probado todas esas técnicas, trucos o como queramos llamarlo, pero… tengo 52, mis 52, eso sí, ¡pero 52! Y para que os voy a engañar, no me importaría nada tener 42, por ejemplo.

Lo que más me cuesta aceptar es que la evolución de mi cuerpo (esto creo que nos pasa a todas en general), no va en paralelo con la evolución de mi mente, quiero decir que si yo no me viera en un espejo, no sería consciente del paso de los años… Yo me sigo sintiendo como siempre, es como si “mi yo interior” se negara a envejecer, el cambio es solo por fuera. El otro día bromeaba con una amiga y le contaba que es traumático cuando vas a mirar el móvil y te has olvidado la cámara en modo selfie. Te ves en esa toma de abajo a arriba y te quieres morir. ¡Qué horror! ¡Os prometo que, a veces, no me reconozco!

Y que me decís del hecho de que nos llamen “señora”, en mi caso, ya me voy acostumbrando, pero la primera vez fue espantosa. Aún ahora, muchas veces no pienso que se refieren a mí, no es la primera vez que me dicen: ¡eh, señora! y no me doy por aludida. Mi yo interior, que no se entera…

Dicho todo esto y después del momento de flagelación, sí que suelo sentirme muy afortunada y doy gracias a la vida. Mucha gente muy querida, no ha tenido tanta suerte, y no ha llegado a cumplir 52, otras los están cumpliendo pero en situaciones muy complicadas, solo por este motivo, no me creo con derecho a quejarme, solo deseo seguir cumpliendo años, seguir acumulando arrugas, manchas, flacidez… y seguir disfrutándolos por lo menos como hasta ahora y en la medida de lo posible, haciendo disfrutar a los demás, que creo que también es nuestra obligación.

Hasta pronto,

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