Me declaro fan absoluta de las nuevas tecnologías. Han llegado tarde a mí, pero ahora sería difícil entender mi día a día sin recurrir al whatsapp o al correo electrónico. Me encanta su inmediatez y lo poco o nada que cuesta usarlo. No tienes la preocupación de molestar con una llamada inoportuna, es el destinatario quien tiene la facultad de gestionar cuándo y cómo e incluso decidir si recibe las comunicaciones que le mandamos. Tampoco necesitas esperar a disponer del tiempo necesario para telefonear. Nos permite estar en contacto con personas de cualquier parte del mundo al momento y hasta nos da la posibilidad de sustituir las palabras por fotos: ¿Por dónde andas? Foto. Y ¿qué me decís de los mensajes de voz? ¡No es necesario ni saber escribir!

Ahora bien, las mismas cosas que tienen de bueno, también las tienen de malo. ¡Como casi todo, me imagino! Ya no hablamos tanto, los mensajes han sustituido a las llamadas y nos hemos acostumbrado a expresar nuestras emociones por medio de emoticonos. Tanto es así, que cuando escribo los posts… ¡los echo en falta!

Sin embargo, lo que de verdad me entristece, es que ya no escribimos cartas. Ya sé que mucho antes de la “era whatsapp” la costumbre de mandar cartas estaba de capa caída, el teléfono inició su declive, pero se seguía manteniendo la costumbre de escribir y mandar cartas en momentos concretos. Hoy por hoy, con el whatsapp y el correo electrónico… han sido desterradas definitivamente.

El cambio ha sido muy rápido, o al menos así me lo parece. ¡No somos tan mayores y hemos escrito y recibido cartas! Escribíamos a los amigos que habíamos hecho durante el verano, a nuestros padres cuando nos íbamos de campamento, mandábamos postales de los sitios que visitábamos y en Navidad. Ahora, en Diciembre se nos llena el teléfono de renos bailando Jingle Bells. ¡Qué horror! Sobre todo cuando te llegan a través de grupos, todo en serie, sin diferenciar entre los destinatarios. Mandar un whatsapp no exige la dedicación de elegir con mimo la postal, ni de pensar lo que vas a escribir en cada una, pero resulta mucho más impersonal. Ya sé que a muchas personas esto les ha librado de algo que les resultaba un engorro, pero yo, que soy una romántica y me encanta escribir cartas, lo echo de menos.

Mi mejor amiga de aquella época se fue a estudiar COU a Canadá. Durante ese año nuestra única comunicación fue a través de cartas, las llamadas internacionales (conferencias se llamaban ¿os acordáis?) no estaban al alcance de todo el mundo. Nos escribíamos todas las semanas, en aquellas cartas larguísimas nos poníamos al día de las cosas de clase, de los chicos que nos gustaban, yo le mandaba las noticias del Athletic que recortaba del periódico y ella preciosas fotos de Ontario. Siempre miraba el buzón con ilusión y era motivo de alegría encontrarme en él uno de esos sobres con el borde azul y rojo y el sello de “Air Mail”.

Ya de adulta, he seguido enviando postales en Navidad y he mandado cartas a mis hijas cuando se iban de campamento, aún tienen algunas guardadas. Me pasaba horas pensando qué ponerles más allá de las novedades que, como os imagináis, eran pocas en el corto tiempo que duraba su ausencia. Les mandaba textos en clave, pequeños crucigramas… ¡seguro que me lo pasaba yo mejor que ellas!

Gustos aparte, creo además, que escribir cartas es muy bueno. Por un lado, porque nos hace pensar lo que queremos decir, podemos reflexionar y corregir, algo que resulta imposible hacer mientras hablamos, pero sobre todo, porque nos obliga a buscar las palabras y la forma de expresar por escrito nuestros sentimientos. Estoy segura de que este esfuerzo redunda en la mejora del lenguaje y de la expresión escrita.

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Sobre cartas precisamente, tengo un libro muy bonito. Se llama “Cartas memorables” y llegó a mis manos, no sin dificultad (hubo que pedirlo), después de verlo recomendado en alguna revista. Está escrito por Shaun Usher y publicado por Salamandra. En el reverso del mismo se puede leer lo siguiente: “Desde la desgarradora carta que escribe Virginia Wolf antes de suicidarse, hasta la receta de ‘scones’ que la reina Isabel II le envía al presidente Eisenhower; del primer uso del acrónimo O.M.G. del que se tiene constancia en una carta a Winston Churchill al llamamiento a mantener la paz que Gandhi dirige a Hitler; y de la bonita carta en la que Iggy Pop da consejos a una atribulada y joven admiradora a la extraordinaria misiva en la que Leonardo Da Vinci solicita empleo, Cartas Memorables es una celebración del poder de la correspondencia escrita que capta el humor, la seriedad, la tristeza y la genialidad que forman parte de nuestra vida”.

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Cartas de Da Vinci y Bethoven

No creo que haga falta que os diga que me encanta. De muchas de ellas se puede ver el original y todas están traducidas. No se si será porque me atrae mucho el pasado (de hecho, más que el futuro) o porque tengo un puntito voyeur… pero ver esas cartas, muchas de ellas escritas a mano, ver la letra de personas a las que admiro tanto, me resulta muy emocionante. Hay una preciosa que Katherine Hepburn (¡mi actriz favorita de todos los tiempos!) escribe a Spencer Tracy (el amor de su vida) una vez fallecido, que pone los pelos de punta.

Ciertamente, es una pena que ya no escribamos cartas… Me conformaré con escribir posts, que al final, son un poco lo mismo.

Hasta pronto,

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