Mientras escribía la frase que da título al post de hoy, venía a mi cabeza aquel último capítulo de la mítica serie que “marcó” nuestra adolescencia, más que nada por la reiteración, ¿cuántas veces la repusieron? Me refiero como os imagináis a “Verano azul”. En aquel último capítulo mientras se oía de fondo la canción del Dúo Dinámico (“El finaaaal, del veranoooo, llegó…”) se veía a una tristona Julia despedirse de aquel verano tan especial.

Aunque nací en invierno y siempre asocio esta estación con momentos confortables, soy una mujer de verano. No solo por el sol y el calor, sobre todo por la LUZ. No me gusta la noche, me desagrada la oscuridad, todo me parece más feo y más peligroso. Me paso el día subiendo persianas y abriendo cortinas, tengo esa hambre de luz típica de los nórdicos, que a pesar del frío imperante, prescinden de todo aquello que pueda privarlos de la luz.

Por eso soy tan feliz en verano, porque tengo muchas horas de luz, los días me cunden mucho más, incluso me parecen más largos a pesar de que siguen teniendo las mismas horas.

No se si a más personas les ocurre lo mismo que a mí, me imagino que sí, pero es curioso que mientras que en invierno, cuando salgo del trabajo siendo prácticamente de noche, me cuesta un esfuerzo hacer cualquier cosa o ir a cualquier sitio, a partir de la primavera, ya desde que se adelanta la hora y aún más en verano, no me da ninguna pereza ir a sitios o hacer cosas que en invierno ni me planteo, tengo la sensación de que todavía queda mucho día por delante.

Pero el verano no me gusta solo por la luz, claro, de esta época me encanta poder romper con las rutinas que me atan durante el resto del año. No sé si ya lo he comentado alguna otra vez (ay, esta cabeza mía…!) en cualquier caso no recuerdo haber profundizado en ello. No me gusta la rutina. Sé que muchas personas se encuentran muy a gusto en la rutina o con sus rutinas personales, de hecho seguro que alguna vez habéis dicho u oído decir “qué ganas tengo de volver a la rutina”. Confieso que yo misma, en alguna ocasión he tenido la tentación de hacer esa misma afirmación. Visto ahora con la perspectiva que da el tiempo, creo que simplemente es una consecuencia del caos organizativo que nos supone a los padres y madres tener a los niños de vacaciones, nada más. Cuando pasa el tiempo y ya no nos acucia ese problema, te das cuenta, por lo menos yo así lo siento, de que cuanto más rutinaria es tu vida, menos libre te sientes, diría incluso que menos persona, menos ser humano. Me explico. Los días de bajón, esos días tontos que todos tenemos a veces, en los que te cuestionas todo y todo te parece malo, pienso lo fácil que sería sustituirme por un robot, lo sencillo que sería “programarme”: todos los días me levanto a la misma hora, hago las mismas cosas en el mismo orden, salgo de casa a la misma hora, coincido en el metro con las mismas caras, llego al trabajo, salgo del trabajo, vuelvo a casa. Día tras día, mes tras mes y año tras año. Qué tristeza ¿no? (ya os he avisado… lo del bajón).

Sin embargo, en verano y especialmente en vacaciones, cada día es distinto o por lo menos puede serlo y ¡esa posibilidad es la que me motiva! No hay “obligaciones” más allá de las que suponen cubrir unas necesidades básicas, no hay horarios impuestos y tenemos más tiempo a nuestra disposición (emoji de los aplausos). Tiempo para hacer lo que queramos, aquello que nos apetezca, que nos guste… Incluso para no hacer nada. Porque ocurre a veces que nos metemos en una espiral de hacer y hacer cosas, todas esas que no podemos hacer durante el resto del año, que acabamos igual de estresados.

¡¡Hay que APRENDER A NO HACER NADA y a no sentirse culpable por ello!! El dolce far niente. Descansar es tan necesario… Me costó mucho entender que estar tumbada viendo pasar las nubes no es “perder el tiempo”, que escribir en un cuaderno ese montón de frases hermosas que encuentro en los libros que leo o en las revistas, no es “perder el tiempo” y que la siesta (aunque a mí no me guste) es un regalo que hay que aprovechar y agradecer, y sobre todo, que no se necesita dar la vuelta al mundo en 30 días para tener la sensación de haber disfrutado y exprimido tus vacaciones, porque a veces la que acabas exprimida eres tú.

Por otro lado, también hay que aceptar que ordenar un cajón, si te apetece, no es malgastar las vacaciones, y que dedicar un par de tardes o las que a ti te apetezcan, a cambiar los muebles de sitio o a poner cojines nuevos o unas flores para dar un aire distinto a tu casa, tampoco. Todo aquello que pueda suponerte una alegría va a resultar una buena “inversión”. Cada uno sabemos lo que es bueno para nosotros, para nuestro descanso y nuestro bienestar, solo hay que decidirse a hacerlo.

Dicho esto, este verano que ya se nos ha acabado (emoji de las lágrimas) ha sido un buen verano. Hace varios años que son buenos,  desde que decidí que debía ser yo la que eligiera como quería que fuese mi verano, sin dejarme llevar por inercias, campañas publicitarias, modas… Aprovechar para hacer un viaje no muy largo, ni muy cansado a un destino fácil y seguro, algunos días de playa, muchos libros, dormir, unas cañas, terrazas… Lo que a mí me gusta. También he tenido mucho tiempo para pensar y cuando se piensa no siempre se llega a conclusiones o aún llegando, no siempre se tiene el valor o la posibilidad de llevarlas a cabo. Tengo pegada en la agenda una frase que recorte este verano del suplemento de algún periódico que dice lo siguiente: “En verano te replanteas si la vida que llevas es la que quieres. Y dudar es de valientes” Debo de ser muy valiente, porque dudo mucho. No puedo decir que la vida que llevo es la que quiero, pero si puedo decir que la vida que quiero se parece mucho a la que llevo en verano, por eso me duele tanto que se acabe.

Hasta pronto,

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