Escribo este post para aliviar mi conciencia. Es un poco como esas veces que necesitas verbalizar un hecho para quitar esa sensación de culpa… Parece que si se lo cuentas a alguien te sientes un poco menos culpable, como una especie de confesión.

Desde que la ley de la oferta y la demanda fuera tácitamente nombrada la única ley que debe regir cualquier tipo de relación, sea o no comercial, ocurre que la misma habitación del mismo hotel puede llegar a triplicar su precio a nada que en la ciudad en la que pretendes alojarte se celebre alguna feria, congreso o evento. Ya no se trata de que sea o no temporada alta, qué tiempos aquellos…. se trata de lo que ocurra ese día concreto.

Una consecuencia de esto, es que las que no siempre viajamos por placer y nunca con presupuesto ilimitado, nos enfrentamos a eternas búsquedas a la caza de un hotel en buenas condiciones y a un precio razonable.

En estas andaba yo una noche, casi desesperada porque no encontraba nada que encajara en mis parámetros, cuando de repente se apareció ante mis ojos un hotel en pleno barrio de las letras, con muy buena pinta, una decoración muy especial y a un precio bastante ajustado. Después de  leer varios comentarios, para descartar que  hubiera gato encerrado, me decidí a reservarlo.

Tanto me había gustado la estética del hotel que al día siguiente les enseñé las fotos a mis hijas. Cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que en varias de las fotos aparecían chicos estupendos ligeros de ropa… Sí, era un hotel gay. Cuando entré en la web propia del hotel y confirmé que así era, mi primera intención fue cancelar la reserva.

De ahí mi desasosiego. Yo que siempre me he considerado una persona abierta y libre de prejuicios, tuve una reacción propia de una persona prejuiciosa. ¡Qué vergüenza!

En mi defensa he de decir que fue un momento muy breve, en el transcurso de una conversación de 10 segundos conmigo misma en la que me pregunté: ¿cancelo? y me respondí: ¿no, verdad? ¿Por qué iba a hacerlo?

La única razón para ello hubiera sido que mi presencia no fuera bien recibida, entonces sí que habría cambiado de hotel, pero este se autodefinía como heterofriendly, así que no tuve necesidad de hacerlo y la verdad es que me alegro mucho de ello.

El hecho de que mi reticencia inicial fuera tan breve, puede servir de atenuante, pero en mí dejó una marquita. Me dolió porque me di cuenta de que en vez de tener empatía con un colectivo que siente la necesidad de que existan hoteles en los que poder comportarse con naturalidad y expresarse libremente, sin aguantar miradas y sin miedo a la crítica o al juicio de los demás, me comporté precisamente como la causa de esta necesidad. ¡No volverá a ocurrir!

Reflexionando un poco sobre los prejuicios, creo que ocurre un poco como con el odio, creemos que es malo para los demás, pero en realidad es malo para nosotros mismos. Cuántas veces he dejado de hacer un viaje porque me parecía que el destino estaba lleno de gente muy mayor o muy joven o muy cutre o muy pija, cuántos libros (algunos seguro que me hubiesen gustado) no he querido leer porque el autor no piensa como yo, o cuántas películas (me consta que algunas de ellas muy bonitas) no he visto porque el director se posicionó políticamente en el lado que no me gusta o el protagonista lleva un estilo de vida determinado, a cuántos bares, tiendas o peluquerías no hemos acudido por alguna razón de este tipo. Podría poner muchos ejemplos. ¿Vosotros no?

No sé si os habéis puesto a pensar en ello, pero creo que a todos nosotros nos ha pasado algo parecido en algún momento de nuestra vida, quiero pensar que fue cuando éramos muy jóvenes, cuando aún no habíamos llegado a desarrollarnos del todo como personas y todavía no habíamos desechado de nuestras vidas esas actitudes o comportamientos, pero si lo analizamos bien, probablemente nunca nadie se libra totalmente de los prejuicios. Lo que es casi seguro es que nos perdemos muchas cosas por culpa de ellos.

Se me ocurre que ahora que acaba de empezar el año y estamos todos en fase de fijarnos nuevos propósitos, este sería uno a tener en cuenta. Seguro que nos hace bien.

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Dejo ya de flagelarme y os hablo del hotel. Me encantó. Ocupa un edificio antiguo, está distribuido de una manera muy diferente al resto, con una estética muy especial y un toque divertido. El personal es amable y atento como en pocos sitios y los clientes con los que me encontré fueron todos muy agradables. Me sentí muy a gusto. A partir de ahora tengo un hotel más al que acudir.

Hasta pronto,

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