Leía el otro día en un artículo sobre protocolo, que en clubes y restaurantes, cada vez con más frecuencia, cuando te indican cual es tu mesa te piden el móvil, lo identifican con una ficha como si fuera un abrigo y lo confiscan hasta que abandonas el local.

Hace un tiempo me dejé el móvil en casa. No era la primera vez que me pasaba, pero sí la primera vez que no podía volver a por él. Cuando lo eché en falta, mi primera sensación fue la de pánico. Una de mis hijas estaba de viaje y casualmente ese día yo no iba directa al trabajo, lo que suponía que iba a estar “incomunicada” varias horas. Suele ser habitual en mí quedarme sin batería, pero siempre tengo la posibilidad de avisar antes de que se me apague y generalmente suele ser ya por la tarde, cuando queda muy poco para llegar a casa, pero esta vez, no, esta vez me encontraba en esa situación a primera hora de la mañana y sola. Me asaltaron los miedos de siempre: ¿y si me tienen que localizar para algo urgente? ¿y si se piensan que me ha ocurrido algo a mí porque no contesto? ¿cómo les aviso de que estoy sin móvil? Preguntas y más preguntas. Como no había ninguna posibilidad de cambiar la situación, decidí dejar de dramatizar. ¡He pasado más de media vida sin móvil y nunca he tenido ningún problema por ello! No creo que en unas horas pase nada. Calma.

Lo cierto que ese día sin móvil, bueno fueron unas 12 horas, me acabó gustando, me despreocupé de tener que silenciarlo en la consulta del médico, no tuve que abrir y cerrar el bolso cada vez que éste sonaba o vibraba, aproveché el viaje en el metro para pensar en algunas cosas que tenía pendientes en vez de curiosear Instagram… Y en cuanto a mis preocupaciones, tan pronto como llegué al trabajo avisé de que estaba sin móvil, cosa que ya se habían imaginado, de hecho, al segundo whatsapp sin el doble tic azul, mi hija escribió a su hermana: “para variar ama está sin teléfono, si necesitas algo escríbeme a mí”, nadie pensó que me hubiera pasado nada y afortunadamente nadie tuvo que localizarme para nada urgente. Cuando llegué a casa, en el teléfono solo había una llamada perdida (de mi marido) y los dos whatsapp mencionados.

Siempre hablamos de los móviles, de lo imprescindibles que se han vuelto, alabamos la cantidad de cosas que hacemos con ellos (casi todo menos llamar…), se usan de agenda, de archivo, de despertador, ya no memorizamos nada, ni números de teléfono, ni citas, ni cumpleaños, hemos sustituido muchas llamadas por mensajes, postales de cumpleaños o de Navidad por whatsapps. Confesamos que no sabríamos vivir sin ellos, de hecho si se nos rompe o lo perdemos, corremos a comprar otro a pesar del desembolso que eso nos supone.

Pero por otro lado, reconocemos que estamos enganchados, que sin el móvil nos sentimos intranquilos, incomunicados.  En los telediarios aparecen muy a menudo noticias sobre cuántas veces al día miramos el teléfono, cuánto tiempo estamos sin comprobar los mensajes, los likes… Yo no estoy segura de que sea para tanto, no se si trata de dependencia realmente, pero si que reconozco que nos hemos puesto un poquito pesados con los móviles, ya se que es un entretenimiento y que lo usamos para leer o para ver videos o escuchar podcasts, pero aunque hagamos un “buen uso de él”, lo cierto es que tiende a aislarnos un poco de lo que tienes alrededor. Aunque en su defensa también he de decir que en un porcentaje alto de casos, el móvil ha venido a sustituir a los libros o a los periódicos, los cuales también, por lo menos en mi caso, también me aíslan del resto del mundo.

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Publicada en la cuenta de IG Historyphotographed, os recomiendo que la echéis un vistazo, es muy interesante, a mí me encanta, la sigo desde hace bastante tiempo, publica unas fotos muy curiosas que son trocitos de historia.

Según escribo esto, me viene a la memoria una anécdota que le ocurrió a una amiga, lectora empedernida, que siempre aprovechaba el viaje en tren entre su casa y el trabajo para leer. Hasta tal punto se metía en la historia que una vez, se le acercó un empleado y le dijo: “Señora tiene que bajar del tren”, mi amiga sorprendida le preguntó: “¿Por qué? ¿Ya hemos llegado?” a lo que el empleado le contestó: “No, pero el tren ha descarrillado y hay que bajar”.

Un poquito aislada también iba, ¿no os parece?

Hasta pronto,

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